Releyendo a Thoreau
Desde hace algunos años me pregunto sobre las vacaciones, ¿qué son? al parecer se define como tiempo libre... ¿libre de qué?... yo me niego a estar de vacaciones. Por eso en este tiempo sin citas para narrar me doy a la lectura, la escritura y el huerto.
Y entre las miles de paginas que tengo para leer, he vuelto mis ojos a uno de mis maestros H.D. Thoreau, y en su libro "Walden" encuentro estas hermosas palabras referidas a la lectura,
Mi residencia era más adecuada que una universidad, no sólo
para la reflexión, sino para la lectura seria, y aunque me hallaba más
allá del alcance de la biblioteca ambulante, estaba más que nunca
dentro de la influencia de esos libros que circulan por el mundo, cuyas
frases fueron primeramente escritas en cortezas de árboles, y que
ahora no son sino copiadas, de tiempo en tiempo, en papel de hilo.
Los libros son la riqueza atesorada del mundo y la adecuada
herencia de generaciones y naciones. Los libros más viejos y mejores
están natural y debidamente en los estantes de cada casa de campo.
Ellos no tienen una causa propia por la cual abogar, pero mientras
iluminen y sustenten al lector, el sentido común de este no los
rechazará. Sus autores son la aristocracia natural e irresistible de
cualquier sociedad y ejercen en la humanidad una influencia mayor
que las de los reyes o emperadores. Cuando un ignorante y quizás
despreciativo comerciante ha obtenido con riesgo y trabajo su
anhelada independencia y tiempo libre, y es admitido en los círculos
de la riqueza y la moda, al final se vuelve invariablemente hacia
aquellos aun más elevados pero inaccesibles círculos de la inteligencia
y el genio, y se torna sensible a las imperfecciones de su cultura y a la
vanidad e insuficiencia de sus riquezas; pero más adelante prueba su
sensatez por los esfuerzos que realiza asegurando para sus hijos esa
cultura intelectual cuya falta siente él tan agudamente; y de esa forma
se convierte en el fundador de una familia.
Las obras de los grandes poetas nunca han sido leídas por el
género humano, porque sólo los grandes poetas pueden leerlas. Han
sido leídas únicamente como la multitud lee las estrellas, no en forma
astronómica, sino a lo sumo astrológica. La mayoría de los hombres
han aprendido a leer para su mezquina conveniencia, como han
aprendido a escribir números para llevar cuentas y no ser engañados
en el comercio; pero de la lectura, como un ejercicio noble e
intelectual, poco o nada conocen. Sin embargo, solamente eso es leer
en un alto sentido, no aquel canturrear lujoso que adormece las más
nobles facultades. Para leer, tenemos que estar en plena agudeza
mental y debemos dedicarle nuestras horas más alertas y despiertas.
Pero mientras estemos confinados a los libros, aun los más
selectos y clásicos, y leamos solamente las lenguas escritas locales (que no son por su parte sino dialectos provinciales), correremos
peligro de olvidar el lenguaje que hablan sin metáfora todas las cosas
y sucesos y que es el único abundante y el echado.
Se publica mucho, pero se graba poco en la memoria. Los rayos
que se difunden a través de la persiana no se recordarán largo tiempo
cuando la persiana desaparezca. Ningún método ni disciplina puede
reemplazar la necesidad de estar siempre alerta. ¿Qué son un curso de
historia o filosofía o poesía, por muy selecto que fueren, o la mejor
sociedad o el hábito más admirable, comparados con la disciplina de
mirar siempre lo que ha de ser visto? ¿Serás tú un lector, un estudioso
meramente, o un profeta? Lee tu destino, mira lo que ante ti se halla y
camina hacia el futuro.




