Puebla de la Reina, una mañana para la narración oral
La cita era a las once y media de la mañana... justo una hora antes de que se abriera al público la piscina municipal. Llegué con el miedo normal en estos casos... osea, con el mismo miedo de siempre que voy a contar... todas las dudas se aferran a la boca del estómago..."¿habrá público?", "¿les gustarán los cuentos que yo cuento?" "¿sabré estar a la altura de la ocasión?".
Supongo que le pasa a todo el mundo que se dedica a esto o a cosas similares... la experiencia parece que se resiste a acumularse, porque uno se enfrenta cada vez a un grupo de personas diferentes, y como pones mucho de ti misma siempre sientes, en la boca del estómago, esa extraña mezcla de vulnerabilidad, ternura y angustia reprimida.
Y allí están un grupo de niñas y niños de todas las edades... de 2 a 14 años, y algunas madres y abuelas... y un papá. 62 personas para escuchar cuentos a las 11:30 a.m.
Y comenzamos el viaje una vez más... esta vez nos fuimos a Marruecos, y de allí a la India, y saltando de isla en isla llegamos a Nueva Zelanda, y navegamos hacia USA/Canadá... y de regreso a casa nos bañamos en el mediterráneo, una vez más.
Y fue mágico. Aquellas caritas amorosas escuchando historias diferentes, las miradas cómplices de los adultos... y la cercanía de las dos más pequeñas que, cansadas de una escucha tan larga, se acercaron para ayudarme a contar... y pasaron un rato en mis rodillas mirando como escuchaban los demás.
Y fue mágico, y una vez más, al terminar, encontré las razones por las que me dedico a la narración oral... porque una vez más, los cuentos habían logrado lo que vienen logrando desde hace milenios... hacer que seamos algo más que individuos desconexos...
¡¡Gracias Puebla de la Reina!!



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